Es un espacio que contiene las opiniones vertidas en los distintos medios de comunicación donde participa el autor y que tienen que ver con el acontecer social, económico y político, tanto nacional como local.

domingo, 25 de abril de 2010

La guerra que no interesa

La semana pasada en este mismo espacio se hablo sobre las circunstancias de la reformitis mexicana, que busca en todo momento la modificación de la norma, sin que ésta implique de manera directa un nuevo actuar por parte de la colectividad.

Y es que de nueva cuenta el gobierno federal busca acudir a la modificación de la ley para enfrentar la lucha contra el narcotráfico, esa lucha que se ha convertido en la cruz de Calderón y de la cual no se sabe si existen resultados positivos, pero si se conocen los daños que en la mayor parte del territorio nacional ha producido, principalmente entre la sociedad, la cual está cansada de escuchar hablar sobre una guerra que no le interesa pero que le afecta directamente.

Dentro de los daños que la lucha frente al crimen organizado ha producido, existen aquellos que han puesto en jaque la actuación de la única institución que durante el régimen presidencialista mexicano ha gozado en todo momento de aceptación y confianza; el ejercito.

Ante los desastres que la actuación del ejercito ha generado en distintas localidades, se presenta una propuesta en el Senado para reformar la Ley de Seguridad Nacional, que tiene como fin la eliminación del fuero castrense, con el objetivo de regular los delitos que los militares producen al ser desplegados en los Estados de la República.

Sin duda es prioritario realizar las adecuaciones jurídicas para que la actuación de las fuerzas armadas sea más efectiva, pues ya es sabido por todos que el enfrentamiento ante los grandes carteles y capos de la droga simplemente los está rebasando, tanto que en lugares como Ciudad Juárez, la presencia militar ya se ha vuelto un verdadero problema.

Se comenta por ejemplo que en esta Ciudad fronteriza el ejército ha ido literalmente a pasearse. Ha ido a revisar si los automovilistas tienen puesto el cinturón de seguridad, a requisar domicilios para robarse la despensa de los hogares de Juárez, ¿Y cuando se trata de narcotráfico? Pues, amigo lector, ahí simplemente salen corriendo como lo hace el resto de la población.

Bajo esta tónica y como siempre cuando se habla de algo que tiene que ver con la guerra frente al narco la pregunta suele ser la misma ¿Ha servido de algo la lucha frente al narco?, ¿Qué “verdades” tiene o conoce el Presidente de la República respecto a esta guerra que solo a él importa?, ¿Acaso no sabe que lo que inquieta a los mexicanos no son los narcotraficantes ni las drogas, sino la inseguridad y el miedo que la lucha ha producido?, y por último, ¿Acaso no sabe que la ciudadanía ya tiene miedo tanto a los narcotraficantes como a los militares? Probablemente por eso es que se pretende eliminar el fuero militar.

Y es que pareciera que la vacuna ha resultado peor que la enfermedad, y que los primeros resultados de una guerra que no tiene pies y cabeza y mucho menos estrategia definida empiezan a producirse.

El problema de la droga no es en sí mismo una circunstancia que aqueje a los mexicanos, tan solo, y de acuerdo a lo que señala la encuesta nacional de adicciones 2009, el 5.6% de la población es consumidora de alguna droga proscrita y solo 500 mil mexicanos padecen una adicción. Es decir que de cada 200 personas, solo una es víctima directa de las drogas.

Frente a esto, bien vale la pena preguntarse ¿Qué tan necesaria resulta la lucha frente al narco?, ¿Qué tanto afecta al país la actividad del narcotráfico?, ¿Cuáles son los verdaderos males de la droga en México?

Sin duda es verdad que la delincuencia organizada es por sí misma un problema y que de igual forma debe castigarse a todos aquellos que incumplan lo prescrito por la ley, pero ¿Qué tanto vale la pena aferrarse a una estrategia que hasta ahora solo ha producido malestares, estadísticas de capos detenidos y kilos de droga confiscada?

Por otro lado, mientras en México el comandante en jefe de las fuerzas armadas trata de convertirse en el Eliot Ness versión mexicana, los estadounidenses -aquellos que son los verdaderos responsables del mercado de los narcóticos, al convertirse en los máximos consumidores- comienzan a observar las bondades tributarias y económicas que esta actividad produce y poco a poco modifican su ley dando los primeros pasos para la legalización de las drogas en ese país.

La modificación de las leyes no debería ser la eliminación del fuero militar, sino por el contrario, debería iniciarse la discusión sobre la regulación en la producción, comercialización y consumo de las drogas en México. Esperemos pronto se trate por parte de las autoridades el verdadero problema de raíz; la prohibición.

domingo, 11 de abril de 2010

El poder en poder de los medios

Recientemente se ha presentado en el Congreso de la Unión una iniciativa de ley que pretende regular el accionar de los medios de comunicación, quienes bajo el derecho a la información y la libre expresión, paradójicamente han cooptado la opinión pública, convirtiéndose en aquellos que determinan las realidades sociales.

Y es que dicha iniciativa pretende no solo regular la comunicación que los responsables de transmitirla generan, sino además, el acabar con el oligopolio comunicativo bajo el que vive México, y que simplemente representa el 80 por ciento de la información que se genera para los mexicanos. Es decir, del total de medios de comunicación que existen en nuestro país, el 80 por ciento se concentran en los oligopolios que al respecto existen.

Pero si lo anterior de por si es siniestro, lo es más el hecho de que del 100 por ciento de la información que llega a los mexicanos el 60 por ciento es proveniente de una de las dos televisoras más importantes. Esta circunstancia no es otra cosa más que; de cada 10 mexicanos 6 generan su opinión sobre el acontecer internacional, nacional y local basado en lo que Televisa y TV Azteca comunican, informan y consideran.

Bajo lo anterior es necesario preguntarse ¿Qué tan importante es el papel de los medios de comunicación para la construcción de las percepciones sociales? Si tomamos en cuenta lo señalado, resulta claro que los mexicanos comunes; los de a pie, tienen limitada su libertad de información a pocas empresas grandes, cuyos intereses informáticos tienen que ver más con hacer negocio que con la importante tarea de mantener informados a los telespectadores, lectores, radioescuchas, etc.

El ejemplo claro del poder de los medios de comunicación que en segundos pueden convertirse en investigadores, expertos y juzgadores sobre las circunstancias que ocurren en la vida diaria es el famoso caso Paulette, acto que por sí mismo es lamentable, pero que más lamentable resultó la condena que de una madre desesperada por haber perdido a su hija se hizo.

El caso Paulette es muestra contundente del poder que los medios de comunicación representan en México, en el marco de la semana santa, donde la información, las notas y las noticias son escazas, para esta semana de pascua un acontecimiento ocurrido en el Estado de México no solo mantuvo los ratings de los noticieros televisivos en estas vacaciones, sino además por la complejidad del mismo permitió las especulaciones de todo tipo, incluso de la propia Procuraduría del Edomex., que hasta la fecha ha definido el caso, como en manos de la ciencia, aunque se trate incluso, de la ciencia ficción.

Sin duda los medios de comunicación en este caso en particular, como en el caso Martí o el caso Vargas han visto un jugoso negocio informativo, donde, tras la búsqueda de la nota roja no importa exponer, destruir y especular sobre la vida privada de una familia cuyos problemas personales se han ventilado y expuesto al irresponsable escrutinio de la sociedad, una sociedad cuyos elementos de juicio redundan en lo que las grandes televisoras señalen.

Bajo todo este contexto ¿Dónde empieza y dónde termina la responsabilidad de los medios de comunicación?, ¿Cuál es el límite del derecho a la libre expresión?, ¿Quién o quiénes son los responsables de haber juzgado y condenado de manera previa e irresponsable a la Señora Lizeth Farah?, ¿Quién reparará los daños de esta familia que paso en un instante de ofendida a indiciada?, ¿Vale la pena con tal de elevar el rating exponer y ventilar las cuestiones privadas de una familia pudiente?

Sin duda esta iniciativa de ley que ahora se presenta por los legisladores puede convertirse válidamente en el instrumento y en la herramienta que dote de equilibrio a la importante labor de comunicar y de informar.

Es fundamental que se establezcan acciones tendientes a regular la libre expresión de los medios. De no realizarse lo anterior, regresaremos como sociedad a la época inquisitiva, donde todas las responsabilidades se generen con base en señalamientos irresponsables y donde los verdugos serán, no hombres de capucha negra, sino personas cubiertas bajo el manto del poder de los grandes emporios comunicativos; y peor aún, encubiertas bajo las nuevas tecnologías de información como Twitter o Facebook. Al tiempo.

domingo, 4 de abril de 2010

Un México sin nombres

Ahora que estamos en plena efervescencia política, donde lo único que importa es el acceso al poder por el poder mismo, donde la estrategia de los partidos, tanto a nivel nacional como a nivel local es llevar al terreno del marketing y mediático todo en cuanto sea posible para desprestigiar a sus contrarios, nuestro país vive su bicentenario y centenario ahogado más que nunca en una falta de rumbo y sentido que hace pensar que durante este tiempo lo único que hemos hecho es repetir los paradigmas que han caracterizado el tercermundismo mexicano.

Esos paradigmas a los cuales el sistema ha logrado mantener como si se tratara de un status quo del cual todos buscan separarse pero hacen por otro lado lo imposible para mantenerlo, cambiando simplemente los medios para llegar al mismo fin.

Hoy más que otros años, más que otros momentos nuestra nación debe definirse, debe tomar forma y rumbo, no solo en cuanto a cambio de colores de un gobierno a otro. Sino romper con las cadenas del continuismo, de aquello que se ha vuelto perenne y que vive entre nosotros, de eso que ha impedido la evolución hacia un Estado más fuerte, hacia una nación más solida, mejor labrada, de la cual no solamente nos aprovechemos, sino que nos sintamos orgullosos, plenos por ser mexicanos.

En este 2010 las mismas prácticas, los mismos actores, la misma clase, esa que por mucho tiempo se ha servido del hombre que trabaja, del joven que anhela, del adulto que recuerda, de todos y cada uno de los mexicanos cuyo único objetivo es el brindar lo mejor a sus familias busca un nuevo discurso, un nuevo a priori histórico como lo llamaría Michel Focault.

El discurso retorico del reformismo no es más que la salida fácil de una clase inoperante. El cambio de las normas fundamentado en palabras elocuentes y que exaltan la esperanza de la población es un acto que en sí mismo es macabro. ¿Por qué y para qué reformar lo irreformable?, ¿De qué nos sirve la modificación de la ley?

Y es que después de doscientos años como nación independiente debíamos tener bien claro que el sistema mexicano; ese que mantiene el status quo, simplemente no tiene modificación y no la tiene ya que no podemos reformar la ley en el sentido de que como país cumplamos lo establecido en las normas.

¿De qué sirven tantas modificaciones a la constitución si se ha convertido tan solo en un catalogo de buenas intenciones?, ¿Para qué una reforma política, económica, fiscal, laboral si al final del día lo establecido en ellas no es más que letra muerta?

Lo anterior me hace recordar a Ferdinand Lasalle y su obra maestra ¿Qué es una constitución?, ¿Cuál es la raíz del cumplimiento de la norma?, simplemente la costumbre, la llamada hegemonía cultural, misma que en México radica en hacer hasta lo imposible para no cumplir la norma.

Y como ejemplo tenemos la reciente aparición del Secretario del Trabajo; Javier Lozano, hablando y argumentando las bondades de la iniciativa de ley para la Reforma Laboral, señalando principalmente que la Ley del Trabajo era más que obsoleta y las circunstancias económicas y laborales de la globalización la hacen menos competitiva. ¿Para qué cambiar una ley que es una joya del humanismo más importante del México postrevolucionario? Y si no basta leer lo que los legisladores consideraban para el salario mínimo “El salario mínimo deberá ser suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos” ¿En qué momento el Estado mexicano ha cumplido esta norma?

La imperiosa necesidad del discurso reformador, no es otra cosa más que la última opción de un sistema asfixiado, de un Estado incapaz de cumplir y hacer cumplir la ley, de un gobierno que lo único que puede imponer son candidatos, de una clase inepta que prefiere discutir las alianzas electorales y desgarrarse las vestiduras analizando las posibles reformas que avanzar en la rendición de cuentas, en la transparencia de los recursos públicos en una mejor redistribución del gasto.

Lo anterior porque como mexicanos seguimos pensando en un redentor en una persona con nombre y apellido que nos alivie todos nuestros males y solucione todos nuestros problemas.

Urge un cambio de rumbo, un cambio de visión, el rompimiento de los paradigmas, necesitamos un México sin nombres pero con hombres que en la clandestinidad y de manera diaria con su actuar respetuoso y responsable construyan una nueva nación, un país distinto, un verdadero Estado mexicano. Al tiempo.