Recientemente se ha presentado en el Congreso de la Unión una iniciativa de ley que pretende regular el accionar de los medios de comunicación, quienes bajo el derecho a la información y la libre expresión, paradójicamente han cooptado la opinión pública, convirtiéndose en aquellos que determinan las realidades sociales.
Y es que dicha iniciativa pretende no solo regular la comunicación que los responsables de transmitirla generan, sino además, el acabar con el oligopolio comunicativo bajo el que vive México, y que simplemente representa el 80 por ciento de la información que se genera para los mexicanos. Es decir, del total de medios de comunicación que existen en nuestro país, el 80 por ciento se concentran en los oligopolios que al respecto existen.
Pero si lo anterior de por si es siniestro, lo es más el hecho de que del 100 por ciento de la información que llega a los mexicanos el 60 por ciento es proveniente de una de las dos televisoras más importantes. Esta circunstancia no es otra cosa más que; de cada 10 mexicanos 6 generan su opinión sobre el acontecer internacional, nacional y local basado en lo que Televisa y TV Azteca comunican, informan y consideran.
Bajo lo anterior es necesario preguntarse ¿Qué tan importante es el papel de los medios de comunicación para la construcción de las percepciones sociales? Si tomamos en cuenta lo señalado, resulta claro que los mexicanos comunes; los de a pie, tienen limitada su libertad de información a pocas empresas grandes, cuyos intereses informáticos tienen que ver más con hacer negocio que con la importante tarea de mantener informados a los telespectadores, lectores, radioescuchas, etc.
El ejemplo claro del poder de los medios de comunicación que en segundos pueden convertirse en investigadores, expertos y juzgadores sobre las circunstancias que ocurren en la vida diaria es el famoso caso Paulette, acto que por sí mismo es lamentable, pero que más lamentable resultó la condena que de una madre desesperada por haber perdido a su hija se hizo.
El caso Paulette es muestra contundente del poder que los medios de comunicación representan en México, en el marco de la semana santa, donde la información, las notas y las noticias son escazas, para esta semana de pascua un acontecimiento ocurrido en el Estado de México no solo mantuvo los ratings de los noticieros televisivos en estas vacaciones, sino además por la complejidad del mismo permitió las especulaciones de todo tipo, incluso de la propia Procuraduría del Edomex., que hasta la fecha ha definido el caso, como en manos de la ciencia, aunque se trate incluso, de la ciencia ficción.
Sin duda los medios de comunicación en este caso en particular, como en el caso Martí o el caso Vargas han visto un jugoso negocio informativo, donde, tras la búsqueda de la nota roja no importa exponer, destruir y especular sobre la vida privada de una familia cuyos problemas personales se han ventilado y expuesto al irresponsable escrutinio de la sociedad, una sociedad cuyos elementos de juicio redundan en lo que las grandes televisoras señalen.
Bajo todo este contexto ¿Dónde empieza y dónde termina la responsabilidad de los medios de comunicación?, ¿Cuál es el límite del derecho a la libre expresión?, ¿Quién o quiénes son los responsables de haber juzgado y condenado de manera previa e irresponsable a la Señora Lizeth Farah?, ¿Quién reparará los daños de esta familia que paso en un instante de ofendida a indiciada?, ¿Vale la pena con tal de elevar el rating exponer y ventilar las cuestiones privadas de una familia pudiente?
Sin duda esta iniciativa de ley que ahora se presenta por los legisladores puede convertirse válidamente en el instrumento y en la herramienta que dote de equilibrio a la importante labor de comunicar y de informar.
Es fundamental que se establezcan acciones tendientes a regular la libre expresión de los medios. De no realizarse lo anterior, regresaremos como sociedad a la época inquisitiva, donde todas las responsabilidades se generen con base en señalamientos irresponsables y donde los verdugos serán, no hombres de capucha negra, sino personas cubiertas bajo el manto del poder de los grandes emporios comunicativos; y peor aún, encubiertas bajo las nuevas tecnologías de información como Twitter o Facebook. Al tiempo.
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