Ahora que estamos en plena efervescencia política, donde lo único que importa es el acceso al poder por el poder mismo, donde la estrategia de los partidos, tanto a nivel nacional como a nivel local es llevar al terreno del marketing y mediático todo en cuanto sea posible para desprestigiar a sus contrarios, nuestro país vive su bicentenario y centenario ahogado más que nunca en una falta de rumbo y sentido que hace pensar que durante este tiempo lo único que hemos hecho es repetir los paradigmas que han caracterizado el tercermundismo mexicano.
Esos paradigmas a los cuales el sistema ha logrado mantener como si se tratara de un status quo del cual todos buscan separarse pero hacen por otro lado lo imposible para mantenerlo, cambiando simplemente los medios para llegar al mismo fin.
Hoy más que otros años, más que otros momentos nuestra nación debe definirse, debe tomar forma y rumbo, no solo en cuanto a cambio de colores de un gobierno a otro. Sino romper con las cadenas del continuismo, de aquello que se ha vuelto perenne y que vive entre nosotros, de eso que ha impedido la evolución hacia un Estado más fuerte, hacia una nación más solida, mejor labrada, de la cual no solamente nos aprovechemos, sino que nos sintamos orgullosos, plenos por ser mexicanos.
En este 2010 las mismas prácticas, los mismos actores, la misma clase, esa que por mucho tiempo se ha servido del hombre que trabaja, del joven que anhela, del adulto que recuerda, de todos y cada uno de los mexicanos cuyo único objetivo es el brindar lo mejor a sus familias busca un nuevo discurso, un nuevo a priori histórico como lo llamaría Michel Focault.
El discurso retorico del reformismo no es más que la salida fácil de una clase inoperante. El cambio de las normas fundamentado en palabras elocuentes y que exaltan la esperanza de la población es un acto que en sí mismo es macabro. ¿Por qué y para qué reformar lo irreformable?, ¿De qué nos sirve la modificación de la ley?
Y es que después de doscientos años como nación independiente debíamos tener bien claro que el sistema mexicano; ese que mantiene el status quo, simplemente no tiene modificación y no la tiene ya que no podemos reformar la ley en el sentido de que como país cumplamos lo establecido en las normas.
¿De qué sirven tantas modificaciones a la constitución si se ha convertido tan solo en un catalogo de buenas intenciones?, ¿Para qué una reforma política, económica, fiscal, laboral si al final del día lo establecido en ellas no es más que letra muerta?
Lo anterior me hace recordar a Ferdinand Lasalle y su obra maestra ¿Qué es una constitución?, ¿Cuál es la raíz del cumplimiento de la norma?, simplemente la costumbre, la llamada hegemonía cultural, misma que en México radica en hacer hasta lo imposible para no cumplir la norma.
Y como ejemplo tenemos la reciente aparición del Secretario del Trabajo; Javier Lozano, hablando y argumentando las bondades de la iniciativa de ley para la Reforma Laboral, señalando principalmente que la Ley del Trabajo era más que obsoleta y las circunstancias económicas y laborales de la globalización la hacen menos competitiva. ¿Para qué cambiar una ley que es una joya del humanismo más importante del México postrevolucionario? Y si no basta leer lo que los legisladores consideraban para el salario mínimo “El salario mínimo deberá ser suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos” ¿En qué momento el Estado mexicano ha cumplido esta norma?
La imperiosa necesidad del discurso reformador, no es otra cosa más que la última opción de un sistema asfixiado, de un Estado incapaz de cumplir y hacer cumplir la ley, de un gobierno que lo único que puede imponer son candidatos, de una clase inepta que prefiere discutir las alianzas electorales y desgarrarse las vestiduras analizando las posibles reformas que avanzar en la rendición de cuentas, en la transparencia de los recursos públicos en una mejor redistribución del gasto.
Lo anterior porque como mexicanos seguimos pensando en un redentor en una persona con nombre y apellido que nos alivie todos nuestros males y solucione todos nuestros problemas.
Urge un cambio de rumbo, un cambio de visión, el rompimiento de los paradigmas, necesitamos un México sin nombres pero con hombres que en la clandestinidad y de manera diaria con su actuar respetuoso y responsable construyan una nueva nación, un país distinto, un verdadero Estado mexicano. Al tiempo.
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