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viernes, 3 de diciembre de 2010

La responsabilidad es de todos

El pasado 1 de diciembre se cumplieron los primeros diez años del panismo al frente de la administración de la nación, pero más allá de ello; de igual forma, se cumple la década que marco la alternancia política en su máxima expresión al recordarse el año 2000 como el año que produjo la salida de “Los Pinos” del Partido Revolucionario Institucional.

Del recuento de esta década de alternancia política y de gobierno de aquellos que desde su nacimiento solo conocían el papel y rol de oposición los resultados han dejado mucho que desear, sobre todo si consideramos que en el emblemático 2 de julio del año 2000 se vislumbraba una nueva era en la historia de la nación mexicana y que finalmente y después de 30 años de reformas políticas se consolidaría el verdadero Estado democrático de Derecho Mexicano.

Recordemos que en la primera elección del siglo XXI el foxismo logró la victoria por poco más de la mitad de ciudadanos convencidos mediante el marketing político que era el momento del cambio de México. El sexenio de Fox se caracterizó por la falta de rumbo y por el protagonismo de un personaje que jamás se preparó para gobernar, lo que le obligó a pagar la factura de la inexperiencia frente a una clase política, contra un sistema político construido ad hoc de acuerdo a las prácticas, costumbres y convencionalismos del Antiguo Régimen.
De esta manera el segundo sexenio albiazul logró consolidarse gracias a una legitimidad discutida, que obligó inminentemente al calderonismo a encontrar su legitimación a través de la violencia y el uso efectivo de la fuerza pública convertida en una guerra contra el narcotráfico que como se comenta “se va ganando aunque no lo parezca” pero cuya factura ha correspondido pagar a todos los mexicanos, principalmente a aquellos que han sufrido daños colaterales.

Así y después de la primera década de este milenio la alternancia ha generado más dudas que respuestas, pero sobretodo ha producido una desolación, desconfianza y apatía por todo el colectivo al grado que se ha puesto en riesgo el pacto social, aquel que justifica la existencia del Estado.

De igual forma no solamente el panorama luce desalentador para nuestro país, tan opaco como luce para la derecha mexicana, sino que en este sentido y a lo largo de esta “década perdida” se han desmoronado y se han puesto en duda la eficiencia de aquellas instituciones que por más de veinte años fueron la columna vertebral que permitió no solamente el establecimiento de la democracia mexicana, sino que fueron las responsables de garantizar la alternancia política de México.

La actuación del Instituto Federal Electoral, de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, del Instituto Federal de Acceso a la Información Pública y muchas más que a finales de la década pasada se convirtieron en las reformas políticas más importantes del Estado mexicano moderno son ahora cuestionadas y se presume la intromisión oficial en el desarrollo de las funciones que de manera constitucional tienen establecidas como autónomas.

Pero si esto no fuera suficiente la oposición tanto la izquierda mexicana -ahora desquebrajada- y el partido tricolor han abonado lo necesario para que nuestro país se encuentre prácticamente paralizado no solamente por culpa del narcotráfico, sino también en todas las actividades que tienen que ver con el correcto desarrollo de una nación.

Dicho lo anterior salta a la vista preguntarse ¿Quiénes son los responsables de la llamada “década perdida”?, ¿Acaso la parálisis mexicana es responsabilidad exclusiva e intransferible de la clase y cultura política nacional arraigada desde el Antiguo Régimen?, ¿Se trata tan solo de la falta de experiencia e incapacidad de los blanquiazules para ejercer el poder y administrar la nación?, ¿Se requiere mano dura, liderazgo o caudillismo para guiar los destinos de México?, ¿Es acaso resultado de un sistema democrático poco entendido?

Las preguntas pueden ser muchas, tanto o incluso más que los señalamientos y culpabilidades. Lo cierto es que el problema de México no es otro más que el propio México y lo que a lo largo de sus doscientos años de historia ha arraigado.

Es momento de que dejemos los señalamientos, los reproches, la búsqueda de culpables, los discursos retóricos y entendamos que el desarrollo de nuestro país no solo es responsabilidad del gobernante en turno, ni de la clase política, ni de los grupos de poder, ni mucho menos de la sociedad, sino por el contrario es de todos y de cada uno en el ámbito de sus responsabilidades y tareas.

Si queremos un México con mejor calidad de vida, con mejores oportunidades, con empleos dignos y bien remunerados, no lo busquemos en el autoritarismo, ni mucho menos en la alternancia, encontrémoslo en la enorme responsabilidad que como mexicanos tenemos con nuestro país, con nuestra nación y con nosotros mismos, dejemos a un lado la apatía y actuemos como sociedad comprometida y responsable.

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